El escenario de sequía en la zona es similar al de los años 2008 y 2009

El escenario de sequía en la zona es similar al de los años 2008 y 2009

Publicado el 30 de Diciembre de 2019.

Si el régimen de precipitaciones no se normaliza en los próximos meses, la región podría ingresar en un escenario semejante a la sequía 2008/2009.

El fenómeno se aprecia —especialmente— en el sur del sudoeste bonaerense, donde este año llovió alrededor de 290 milímetros, con extremos de 150mm en Algarrobo y 370mm en Hilario Ascasubi.

La falta de precipitaciones en una amplia región cercana a Bahía Blanca en el transcurso del año que está por concluir convoca a la memoria reciente.

El fenómeno —del que no se tienen predicciones respecto de una eventual reversión— va camino a coincidir con lo acaecido en los años 2008 y 2009, con una sequía tan fuerte que, para darle contexto, hubo que remontarse a la histórica de 1962.

Sólo por citar unas referencias: en Stroeder, en el año 2008, cayeron 160mm; en Patagones, 280mm y en Villalonga, 270mm. En todo el distrito de Patagones, entonces precipitaron —en promedio— 230mm en el año.

Ahora, con un promedio de 290 milímetros hacia el sur de Bahía Blanca, y valores extremos de 215mm (en Médanos) y 370mm (en Hilario Ascasubi) desde el 1 de enero, han surgido otros fenómenos que, sin dejar de lado el cambio climático, se han intensificado en una zona de características semiárida (y árida).

"Un día de marzo de este año en Ascasubi llovió 111 milímetros. Es decir, en los restantes 364 días cayeron 259mm"

Otras referencias de lluvias del corriente año son 150 milímetros en Algarrobo; 229mm en Nicolás Levalle; 192mm en Stroeder y 340mm en Villalonga.

Se debe tener en cuenta que, más allá de los promedios anuales de lluvias, no son pocas las zonas donde, si existiera un índice de inoportunidad, tendrían una muy buena calificación. Es decir, ha llovido tarde, mal, poco y mucho en cortas rachas.

Por ejemplo: en Hilario Ascasubi entre el 14 y el 15 de marzo de este año llovió 111 milímetros. Es decir que en los restantes 364 días cayeron sólo 259 milímetros.

Para la misma fecha, en lugares cercanos a Algarrobo o a Médanos, los milimetrajes medidos durante el mismo evento fueron casi insignificantes y esto condicionó, fuertemente, las posibilidades de algunas actividades agropecuarias durante el otoño y el invierno.

Ciertamente, se puede decir que, tras un inicio de año prometedor en cuanto a la humedad en el suelo, donde incluso se anunció una esperada cosecha récord, el agua se cortó a partir de los meses de mayo y junio en los doce distritos del sudoeste bonaerense.

Veamos algunas referencias. En una zona que podría considerarse como el corazón del SOB, y del trigo, como es Coronel Pringles, ha precipitado 350 milímetros (con picos de 290 y 370mm). Aquí, el promedio es de 750mm.

En Coronel Dorrego llovió un promedio de 610 milímetros en este año, casi 200mm menos que el promedio histórico, en tanto que en el distrito de Tornquist, aun con registros difíciles de promediar por la geografía diversa, llovió alrededor de 480 milímetros, unos 250mm menos de la media.

En el distrito de Adolfo Alsina se siente menos, pero sólo en comparación con el sur del SOB.

El promedio es de 450mm, cuando el promedio anual es de 800mm. En otras palabras, está casi por debajo del 50 %. La zona más afectada es la que rodea al lago Epecuén, en cercanías de Carhué. Cerca de allí, en Guaminí, llovió un poco más de 500 milímetros, unos 250mm menos que el promedio contemporáneo.

En el partido de Saavedra, de gran diversidad, el agua llegó a 530 milímetros, considerando desde la cabecera Pigüé hacia el norte. En sentido inverso, a la altura de Dufaur apenas llegan a los 500mm, casi 100mm por debajo de la media de la región.

En Puan sucede algo semejante, con unos 400 milímetros —caídos este año en promedio— del centro al norte del partido, pero menos de 300mm en la zona sur, lindera con Villarino.

 

Un efecto multicausal

Fuertes y prolongados vientos, más las recurrentes altas temperaturas, plantean un escenario complejo de cara al futuro, habida cuenta de la huella imborrable que dejó la voladura de los campos de hace 10 años y que, hoy, recrudece en distintos formatos.

Ahora bien. Con la experiencia acumulada, de qué manera se deberá responder en el sur del sudoeste bonaerense para morigerar este inminente suceso que, lógicamente, atraviesa al sector agropecuario y se extiende a una problemática de características sociales que afecta la población de las localidades del interior.

“Para mejorar la condición de cobertura de los suelos será necesario cambiar el paradigma de su utilización y modificar paulatinamente las prácticas de uso”, dijo el ingeniero agrónomo (MSc) Juan Ignacio Vanzolini, de Manejo de Suelos y jefe del grupo de Recursos Naturales de la EEA del INTA Hilario Ascasubi.

“Hay un concepto muy apropiado para los ambientes de regiones semiáridas y áridas: que los sistemas de producción se asemejen lo más posible a los ecosistemas naturales que los precedieron.

De esta forma, sería adecuado pensar en agroecosistemas donde prevalezcan especies cultivadas, nativas o naturalizadas, anuales o perennes, con cargas animales acordes a la disponibilidad de pasto de años medios”, añadió.

“Pero para llegar a ese escenario será necesario mediar una etapa de recuperación de las condiciones del ambiente”, sostuvo.

Vanzolini también sostuvo que, en el contexto del cambio climático que opera a nivel global, será necesario profundizar el análisis de los sistemas de producción desde un enfoque holístico, fortaleciendo las capacidades de abordaje de sistemas complejos.

“De esta manera, se podrán robustecer las bases de sistemas de producción sostenible que contemple estrategias tecnológicas acordes al ambiente”, añadió.

Un ecosistema natural está constituido por elementos (clima, relieve, suelo, agua, vegetación y fauna) en equilibrio.

“Cuando las actividades humanas modifican este equilibrio con fines productivos, los cambios repercuten sobre el suelo, el agua, la vegetación y la fauna”, dijo.

“Si bien la erosión eólica hace referencia a la 'voladura' de un suelo con escasa cobertura por efecto del viento, hay otros factores que entran en juego mucho antes que esto ocurra. Así, podemos decir que la erosión eólica es un proceso multicausal y acumulativo”, explicó.

Como el equilibrio de un ecosistema natural es alterado por las actividades humanas, que utilizan los bienes y servicios que aquél brinda para beneficio propio, la configuración del ecosistema va cambiando en función de los objetivos productivos planteados.

“El grado de modificación del ecosistema influye sobre las condiciones en las que se desenvuelven los procesos naturales y puede motivar diferentes grados de deterioro o degradación ambiental”, manifestó.

“La cobertura es la principal barrera de protección del suelo a la acción de los vientos y su modificación puede estar relacionada con la producción de cultivos de grano, de especies forrajeras, de especies maderables o por el pastoreo de áreas naturales para la producción de carne”, detalló.

Asimismo, dijo que a través del tiempo el uso del suelo en la actividad agropecuaria va acumulando cambios en sus propiedades que pueden manifestarse en distintas afecciones de manera progresiva.

“De esta manera, el cambio en el uso del suelo, la modificación de las especies vegetales que lo ocupan y las raíces que exploran el perfil, y la extracción de nutrientes sin la debida reposición, reducen la capacidad productiva a través de la pérdida de fertilidad”, indicó.

También se refirió al uso reiterado e inoportuno de herramientas de labranza y las compactaciones subsuperficiales producto de los laboreos, que modifican negativamente la fertilidad física del suelo, limitando el ingreso del agua de las lluvias en el perfil del suelo y restringiendo el crecimiento de las raíces.

“A la vez, el sobrepastoreo de pastizales naturales y la necesidad de desmonte a causa de la proliferación de leñosas deterioran la calidad ambiental y promueven la pérdida de biodiversidad y la provisión de servicios ecosistémicos”, dijo.

Para el especialista estos efectos no son aislados, sino que ocurren de manera asociada, consecutiva o simultánea.

“La degradación del suelo tiene un efecto directo sobre la producción vegetal. La merma en la producción vegetal en un ambiente, así como la pérdida de la biodiversidad, disminuye los niveles de cobertura del suelo”, explicó.

“Todos estos factores exponen a los agroecosistemas a los efectos adversos del clima. En regiones semiáridas y áridas, cuando las precipitaciones no alcanzan las medias esperadas o no se distribuyen de manera deseable para los ciclos de los cultivos, estos efectos son más evidentes”, aseveró.

Vanzolini sostuvo que la falta de cobertura de los suelos es producto de estos efectos, de los procesos de degradación a los que el agroecosistema está expuesto, tanto como de las variabilidades climáticas típicas de las regiones semiáridas.

“Lo que queremos decir es que la susceptibilidad a la erosión eólica de los agroecosistemas del sur semiárido bonaerense tiene dos componentes: uno ambiental, debido a las características de los suelos y sus propiedades; y otro que se relaciona con el uso del suelo, las actividades que se desarrollan y la manera en la que se realizan”, definió.

 

La gestión del agua del suelo

En el ámbito de los partidos de influencia del INTA Ascasubi, como son Villarino y Patagones, se realizan experiencias para revertir los procesos de degradación y erosión de suelos.

Uno de ellos es la promoción de buen manejo del suelo, a través del manejo de la fertilidad, la incorporación de leguminosas fijadoras de nitrógeno como la vicia, el uso de herramientas para descompactar suelos como el paratil, y el mapeo de suelos por capacidad de uso que permite tomar decisiones conociendo la posible respuesta de cada ambiente frente a una práctica determinada.

También la adaptación de tecnologías para la producción agrícola sostenible, como la labranza cero, el manejo de los rastrojos y la gestión del agua del suelo.

Otra alternativa es la implantación de pasturas permanentes, a través de la asistencia directa y del fomento de los planes forrajeros con los municipios.

Asimismo, el uso de los pastizales naturales, a través del aprovechamiento sustentable, el loteo de cuadros con monte y la generación de clausuras que fomenten la aparición de especies deseadas, así como la forestación, a través del acompañamiento a planes forestales municipales y viveros.

La región posee un Sistema de Información y Alerta Temprana (SIAT). Se trata de un organismo técnico especializado integrado por el Centro de Recursos Naturales Renovables de la Zona Semiárida (Cerzos-Conicet); el INTA, participando desde dos Estaciones Experimentales Agropecuarias: Bordenave e Hilario Ascasubi; el Servicio Meteorológico Nacional (SMN) y la Universidad Nacional del Sur (UNS).

 

El SIAT, un aporte clave

A través de un conjunto de procedimientos e instrumentos de monitoreo, el SIAT se encarga de recolectar, procesar y analizar datos, para difundir y comunicar alertas e información relevante a los actores intervinientes en los sistemas productivos de la región, para la toma de decisiones. Procura el conocimiento anticipado de la existencia de amenazas de origen natural o antrópico que pudieran traer aparejados daños al ambiente y/o la sociedad.

"El SIAT contribuye así a mejorar la capacidad de respuesta y la adaptación de los gobiernos municipales y provincial, los productores y otros que pudieran resultar afectados"

Su misión es emitir alertas a través de información clara, útil y oportuna a partir del análisis de los pronósticos climáticas y la evolución de otros indicadores de relevancia.

Los productores pueden ver sus reportes en las páginas web de las Instituciones participantes y en los links (siat-soba.smn.gob.ar y ascasubi.inta.gob.ar/siat) o pueden recibir el reporte en su celular, contactándose con los referentes.

 

(Fuente: La Nueva)