Micro Histórico - El boliche "La buena parada"

Micro Histórico - El boliche "La buena parada"

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Así se denominaba un pequeño almacén, bar y proveeduría situado en el viejo camino a Huanguelén, frente a las estancias "Las Marías" y "El Retiro", de los hermanos Ricardo y Eduardo Garrós.

Era un lugar utilizado como posta o paradero, como un alto en el camino de los innumerables carros playos cargados con cereal tirados por caballos, que luego de un trayecto, se les otorgaba descanso para abrevar o reemplazarlos por otros descansados y asimismo para almorzar sus conductores, ya que el boliche era especial para suplir esas necesidades.

Sus dueños se las ingeniaban y nadie se retiraba del lugar sin satisfacer sus requerimientos.

El trato de la familia que lo atendía era muy familiar, cordial y diligente. Uno de sus propietarios fue don Julián Poutou junto a su esposa y dos hijas ("Tinita" y "Goyita") con la ayuda de un colaborador.

La reunión de tanta gente convergente de varios caminos vecinales era importante. La cosecha no admitía demoras: había que aprovechar el buen tiempo y las condiciones de los caminos. Los carritos no transportaban muchas bolsas (50 o 60) pero había chatas enormes que transportaban gran cantidad de bolsas, impresionantes por su altura, una de la que más recordaban los antiguos habitantes del distrito fue la que tenía don Reinaldo Asturache.

 

Carreras muy particulares

Si el boliche "La Buena Parada" era famoso, no solo lo era por esa circunstancia.

En el lugar se programaban cada mes, carreras de caballos, llamadas cuadreras, que promovían reuniones muy concurridas y animadas. Los adeptos llegaban de parajes de la zona, de muchas leguas a la redonda, de iguales características como "El Triunfo", "Santa Ana", "Piñeyro", "Cura Malal", "La Colina", "Hinojo" y otros.

Se programaban dos o tres carreras con caballos renombrados y famosos y ese era el atractivo principal de la reunión. Los jockeys eran también famosos y un gran incentivo: honestos, capaces y confiables.

Las carreras se largaban a cinta o "a convite", en una pista que era una  calle aledaña alisada. El metraje a correr era de 100 o 300 metros, según se convenía. Los jockeys más recordados fueron Enrique Acin, Heiland, "Puby" Burbag, Ernesto Hurtado, Genuario Serantes, Arce y otros.

Los que domaban matizando la reunión eran Benedo Gallo y Lázaro Torres, eximios en un tratado de amanse de chúcaros que los entregaban mansos.

Una figura señera en la definición de las carreras fue el "rayero", cuyo fallo era inapelable y debía conformar a todos. Si el final era reñido había que tener una gran personalidad, como la expuesta en momentos bravos por don Vicente Olaciregui y también por Andrés Dighero, legendarios, reconocidos y respetados por todos.

Se corría después del consabido asado al mediodía. Durante toda la tarde se jugaba a la taba bajo una profusa arboleda, al truco y al mus. Las cuadreras eran concertadas por acuerdo previo entre los propietarios de los caballos, que en una larga fila, permanecían atados sobre el alambrado y los desafíos se hacían a viva voz. "Te corro con el zaino al tostado tuyo", si se coincidía en la distancia y el monto de la apuesta (que no era mucha, 5 o 10 pesos de esa época) previo ofrecer la monta al corredor, ya salían para largar.

Y así era toda la jornada, carreras sin solución de continuidad, 20, 25 y hasta 30 carreras eran algo común, intercalados los clásicos, provocando en la concurrencia un divertimento muy especial.

En una nota periodística, don Antonio Introncaso relataba que “tenía 11 o 12 años y montaba un caballito de mi padre que era bastante lerdo (diría un matungo) y concerté una carrerita con otro similar. En la largada pude sacarle una ventaja y gané apenas. Lo festejé como si hubiera ganado el Nacional. El problema surgió cuando el policía encargado del orden (Oron) se dio cuenta que yo era menor. Quería anular la carrera e incluso expulsarme de la reunión. Intervino don Cayetano Acin y solucionó todo. Había criterios particulares de forma y solución, gente concurrente muy sana, sin malas intenciones, lo que incidía en que nunca se produjeran grandes discusiones ni peleas o disputas”.

“Sin embargo, una vez apareció un señor en un sulky tirado por un caballo todo sucio; parecía sudoroso. Desató y ató al alambrado el pingo. ¡Daba lástima verlo! Luego aceptó un desafío y redobló apuestas; lo corría él mismo”, resalto Introncaso, quien acotó que “el resultado fue desastroso para la gente local. Luego se enteraron: era un flete muy ligero y conocido en otros pagos y su dueño lo había disfrazado de matungo. ¡Se armó una…!”.

La modernidad llegó con los tractores, camiones, camionetas. El boliche "La buena parada" fue languideciendo, las hijas del dueño se casaron y el núcleo familiar se disolvió. Sus instalaciones desaparecieron y la posta tan estimada, quedó como un recuerdo de años felices, provocadora de lágrimas al ver los antiguos concurrentes que tuvo el lugar, convertido ahora en una tapera, que fue refugio de linyeras.

Boliche "La buena parada", símbolo de una época lejana, de una generación de Coronel Suárez digna de ser recordada, querida y admirada con nostalgia, por haber sido realmente… ¡una muy buena parada!