Micro Histórico - Las primeras tumbas en Coronel Suárez

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Cuatro cementerios tuvo la ciudad en su historia. Uno es privado

Los cementerios también son lugares objeto de estudio par arqueólogos e investigadores a quienes, desde tiempos inmemoriales, les ha interesado los lugares destinados al reposo de quienes han terminado su vida terrenal, siendo ésta una cuestión que también merece ser incluida en la historia, para conocer antecedentes de los primeros pobladores de lo que hoy es la ciudad cabecera del distrito de Coronel Suárez. Para nadie ha sido una tarea fácil al no existir antecedentes registrados, pero perseverando en la investigación pudo saberse que el primer cementerio local estuvo ubicado en un sector céntrico de la actual avenida Alsina, en su esquina con la calle Las Heras. El dato más completo fue suministrado por los hermanos José Fracisco ‘Pacho’ y Fernando ‘Naco’ García, titulares de la tradicional carnicería García Alba Hnos., fundada por su padre, don Manuel García Alba, en 1904 y cerrada definitivamente en el año 2003, próxima a cumplir un siglo de antigüedad.

Recordaron los hermanos en una entrevista periodística que al hacerse la excavación para los cimientos destinados a construir inmuebles en ese sector, fueron encontrados restos humanos, que por su antigüedad y la forma en que estaban dispuestos se sacó la conclusión que pertenecieron a los primeros habitantes del entonces pueblo ‘Sauce Corto’. Ese hallazgo fue publicado en su momento por el diario local ‘El Imparcial’, al tiempo que otro convecino recordó que cuando en el mencionado lugar se hicieron las excavaciones para los desagües cloacales, advirtió que por la tierra negra acumulada por sectores sugería que anteriormente hubo tumbas en ese predio.

 

Segundo cementerio

Hacia fines del siglo XIX se instaló el que sería el segundo cementerio suarense en un predio de cuatro manzanas ubicado en lo que después sería la avenida Uriburu, entre Sixto Rodríguez y Brown.

Cuando el actual cementerio municipal se instala en su definitivo emplazamiento, la parcela de la avenida anteriormente mencionada fue luego vendida a una familia de apellido Zubeldía. Posteriormente esa quinta es adquirida por don Manuel García Alba, en una extensión de once hectáreas.

 

La tumba más antigua

Decía el poeta que no hay mejor cosa que echarse a andar y tropezar con un recuerdo.

Un comentario periodístico publicado por don Eduardo Zaballa, el corresponsal en Coronel Suárez del diario ‘La Nueva Provincia’ de Bahía Blanca, en la edición del 7 de abril de 1984, con el título ‘una tumba y un recuerdo’, señalaba que “el martes último, en el cementerio municipal, nos topamos con uno. Fue una tumba, una de las más sobrias sobre la entrada de la parte antigua que revela hoy, 7 de abril de 1984, que se cumplen 91 años de la muerte de don José Petracci, cuya sepultura es la más antigua del cementerio de Coronel Suárez. ¿Y quién era Petracci? Se trata del primer sepulturero que tuvo este medio, cuando aún no tenía el nombre del héroe epónimo, sino que se llamaba Sauce Corto.

El sepulturero –creemos que aquí y en cualquier parte- siempre era punto de referencia para determinadas opiniones e infaltable en las caricaturas. ¿Quién no ha escuchado alguna vez aquello de… ‘para qué juntas plata si el sepulturero te espera?”.

Los memoriosos cuentan que cuando eran chicos oían que si alguien preguntaba por algún vecino que hacía mucho tiempo que no veía, le respondían: ‘se lo llevó Peroyi…’ y Peroyi era otro sepulturero que sucedió a Petracci.

 

Eterna memoria y último adiós

La tumba que motiva este recuerdo, expresa en idioma italiano lo siguiente: “A Giuseppe Petracci morto in Sauce Corto, il 7 aprille de 1892 nella etá di anni 35 dopo rápida e forte malattie. Il fratello Celestino e gli amici dolenti en segno di eterna memoria e il último addio”. Lo que traducido expresa que “A José Petracci fallecido en Sauce Corto el 7 de abril de 1892 a la edad de 35 años después de una rápida y fuerte enfermedad. Su hermano Celestino y los amigos dolientes en señal de eterna memoria y último adiós”.

En una nota que al respecto publicó con su firma don Enrique Gnocchini el 10 de octubre de 1998 en Nuevo Día, afirmaba que “creo que es la tumba más antigua que existe en nuestro cementerio. Es de un inmigrante italiano. Han transcurrido 106 años. La cruz de piedra y su epitafio grabado en ella nos llena de orgullo a los italianos y a los descendientes que llevan el apellido italiano, con nuestras manos hemos ayudado a construir esta patria grande, sin desmedro de inmigrantes de otras nacionalidades, porque esta Argentina, que fue el granero del mundo, se construyó con el sudor de la frente de inmigrantes de diversos países del mundo. El que suscribe, inmigrante italiano, llegó a Coronel Suárez el 25 de diciembre de 1926 en brazos de mi finada madre, a los 20 meses de edad”.

Sobre los orígenes del cementerio municipal, el escrito documental más antiguo que se pudo encontrar está en el Libro I del Concejo Deliberante, cuando en el acta de la sesión celebrada por el Cuero el 13 de noviembre de 1893 se menciona acerca de “obras en el cementerio proyectadas, se resuelve autorizar a nombrar una comisión de vecinos para recolectar los materiales necesarios para la continuación de las obras…”.

 

El origen del cementerio municipal según los documentos encontrados

El periodista Héctor Dos Santos tuvo acceso a una escritura, efectuada por el escribano Lorenzo Olsina, que arroja alguna luz sobre los orígenes del actual cementerio municipal. Si bien ese título, correspondiente a una bóveda, está fechado el 18 de octubre de 1919, en una parte de su texto tiene algunos datos significativos, al consignar que “… habiéndose constituido por otra parte la obligación de construir bóveda sobre el terreno enajenado; que por escritura pasada en La Plata ante el Escribano Mayor de Gobierno, don Gerónimo N. Barros, con fecha primero de julio de 1901, el Poder Ejecutivo a nombre de la Provincia, transfirió a la Municipalidad la propiedad, entre otros terrenos para uso público, la chacra 28 del ejido de este pueblo, con destino a cementerio y corrales de abasto, cuyo título fue suscripto en Dolores el 19 de diciembre de 1901, al folio 414, serie D, bajo el número 6136, en testimonio que he tenido a la vista doy fe. Que con posterioridad a la adquisición del inmueble, la Municipalidad proyectó y trazó el Cementerio del pueblo, con ubicación en el ángulo Sud-Este, de la mencionada chacra 28, de acuerdo con el plano aprobado posteriormente, que se tiene a la vista. Que a mérito de estos antecedentes, continuó diciendo el señor Intendente, en nombre de la Municipalidad del partido, transfiere a doña María Arroquy, a título de venta, la propiedad del terreno de bóveda arriba mencionado…”.

Al redactar dicho título el escribano Lorenzo Olsina, cuya firma y sello figura en la escritura con el número 112, comienza expresando que “en el pueblo de Coronel Suárez, a 4 de octubre de 1919, ante mí, Lorenzo Olsina, escribano público, en la casa de la Municipalidad, don Manuel Palenzona, en su carácter de Intendente…”.

Esta constancia documental permite inferir que el gobierno de la Provincia transfirió al de la Municipalidad de Coronel Suárez en 1901 los terrenos que hoy ocupa el cementerio, junto a corrales de abasto que, como se sabe, eran utilizados para la matanza de los animales destinados al consumo hasta que en 1925 se construyó el actual Matadero Municipal.

 

Carro para trasladar difuntos

En la ordenanza 57 que el Concejo Deliberante de Coronel Suárez aprobó en la sala de sesiones del 27 de mayo de 1901, con la firma de Luis J. Conturbi, en su calidad de presidente y de Juan A. Centurión, como secretario, cuyo artículo primero disponía “autorizar al Ejecutivo para invertir hasta la suma de doscientos pesos m/n, en la compra de un carro, sistema ruso y la ornamentación necesaria, para conducción de difuntos pobres de solemnidad al cementerio local”.

 

Camposanto junto a la capilla de los galeses

El campo que primeramente fue de John Owen, donde los galeses construyeron la primera capilla que tuvo el incipiente Coronel Suárez, fue utilizado también como cementerio. Siguiendo una antigua costumbre europea, donde los cementerios están próximos a los templos, comenzaron a enterrar sus muertos los primeros pobladores.

No hay precisiones al respecto, pero don Reynaldo Morris, propietario de aquel predio, supo manifestar que había escuchado decir a sus mayores que cuando el municipio instaló el cementerio en donde permanece hasta ahora, obligó a que los galeses que tenían sus muertos junto a la capilla llevaran los restos al que entonces era nuevo cementerio.

 

Antigua empresa fúnebre

Las costumbres de una comunidad van cambiando y dentro de esas variables pueden incluirse el ceremonial vinculado a los velatorios y sepelios. En los primeros tiempos de la población suarense, cuando una persona fallecía era velada en su domicilio –o de algún allegado- y luego se utilizaba un servicio fúnebre, consistente en un carruaje tirado por caballos, por lo menos dos. La categoría del servicio se incrementaba según la cantidad de caballos utilizada, que podían ser también cuatro y excepcionalmente seis, como también las carrozas portadoras de coronas y ramos de flores. El ´Negro’ Echeverría supo decir que una sola vez se realizó un sepelio con seis caballos, cuando fue el entierro del comisario Martín Subiza.

Como la mayoría de la población es cristiana, el féretro era conducido hasta el templo parroquial, donde se oficiaba un responso y en algunos casos misa ‘de cuerpo presente’; una vez terminado el oficio, la etapa final del recorrido del cortejo era hasta el cementerio municipal, donde se procedía a la inhumación en una tumba, o depositando el ataúd en bóveda o nicho.

El primero de agosto de 1927 inició sus actividades la empresa fúnebre fundada y dirigida por don Manuel Ramos, quien en el año 1950 cede la dirección de la misma a su nieto, Beder Omar Echverría, manteniéndose éste en función hasta su fallecimiento. Durante algún tiempo, en la década del ’40, existía otra empresa fúnebre, en calle Mitre 875, cuyo dueño era Luis Saint Germain, pero cesó en su actividad después de trabajar algunos años.

Con instalaciones en la calle Villegas 174, Ramos & Cía. Realizó en el año 1970, una importante reforma en el edificio que ocupa. La renovación fue total, instalando salas velatorias y un amplio garage para su flota de coches fúnebres por automotor que, a partir de la década del ’60, eran el medio utilizado con exclusividad para realizar los sepelios. Atrás habían quedado los coches tirados a caballos, equinos caracterizados por ser de pelaje renegrido, con largas colas, muy bien cuidados.

Desde entonces, la inmensa mayoría de los velatorios y responsos se realizan en dicha empresa. En donde están las salas velatorias, la propiedad pertenecía anteriormente a Luis Incola, que tenía un taller de reparaciones de radiadores.

Al respecto, es oportuno también recordar el estilo de cómo la gente asumía el duelo familiar ante la pérdida de un ser querido. En esas circunstancias, lo tradicional era, en los responsos o misas de ‘cuerpo presente’, que el templo parroquial fuera ambientado con grandes franjas de tela color violeta o negro, largos túmulos colgados desde el cielo raso hacia los laterales. En cuanto a los familiares directos de la persona difunta, vestían su luto, el varón con corbata negra y brazalete del mismo color en el lado izquierdo del saco; del mismo modo las mujeres, se vestían con ropas íntegramente de color negro y solían llevarlo por un año. Una costumbre heredada de algunos pueblos europeos que cayó en desuso en forma vertiginosa a partir de 1950.

 

Desde 1993, Coronel Suárez tiene un cementerio privado

La evolución de una población se puede mensurar en todos los aspectos vinculados con el ser humano y la respuesta que se da al cúmulo de necesidades que, en torno al mismo, se generan. Es inteligente también ir avanzando al ritmo de los tiempos, abordando los emprendimientos que ya fueron experimentados en otros lugares y demostraron que sirven a los fines de la gente.

Y Coronel Suárez, con una comunidad importante, que pretende avanzar al ritmo de los tiempos, carecía de un cementerio privado que, en ciudades de igual o mayor importancia ya habían incorporado su funcionamiento, servicio que cuenta con la general aceptación de los habitantes que tienen una nueva alternativa ante la desaparición física de los seres queridos.

En nuestra población, tomando las ideas de ciudades de mayor magnitud y entendiendo que se interpretaba la aspiración de una elevada proporción de sus habitantes, una empresa integrada por los convecinos José María Plaza y Alfredo Harriot, tomó la iniciativa de construir un cementerio privado, que denominaron Parque de Paz, ubicado en la Ruta 85, a 600 metros del camino de cintura. Es, sin duda, un aporte relevante que jerarquiza a los servicios fúnebres que puede ofrecer la ciudad y que, por sus características, fue bien recibido por la población.

Uno de los propietarios, José María Plaza, en una entrevista periodística, al referirse al origen del emprendimiento, dijo que “cuando se hizo este proyecto, iniciado en 1989, la idea surgió no como una finalidad económica, sino a partir de una desgracia que tuve con una chiquita mía y me dio la sensación que la había abandonado en otro cementerio, no porque sea el de Coronel Suárez, sino por el sistema de ese tipo de necrópolis, que son muy tristes”.

El Parque de Paz se encuentra en una superficie de cinco hectáreas, de las cuales el 50% está parquizado, tiene espacios verdes, caminos, estando parcelado en 2.5 hectáreas, lo cual tiene una proyección de utilidad de 30 años. Los sectores están delimitados por senderos y plazas, con una capacidad total de 9 mil parcelas. Pero está prevista la ampliación, dado que hay terrenos aledaños cuyos propietarios están hablados y existe un principio de compromiso.

El arquitecto Fernando Caccavo fue quien diseñó y dirigió la ejecución de la parte edilicia, además de dar muchas ideas con la portada de ingreso, ubicación de las fuentes y demás. Otro profesional que trabajó mucho en este emprendimiento fue el agrimensor Juan Carlos Vega, en la nivelación, parcelamiento y demás. Para el diseño del parque fue contratado el ingeniero González y trabajó mucho el CREA Jardín, integrado por varias señoras que aportaron sus ideas.

Al culminar la primera década de su funcionamiento, en el Parque de Paz se han realizado alrededor de mil inhumaciones, lo que significaría un tercio de las que se producen entre Coronel Suárez y los pueblos alemanes, ya que el promedio de defunciones por año en estos cuatro núcleos poblacionales es de alrededor de 330 personas.

 

Una tercera empresa funeraria

A pesar de que no han quedado muchos registros de su existencia, la tradición oral indica que en la década del ’70 hubo otra empresa funeraria en la ciudad de Coronel Suárez. Quedan aún algunas publicidades que el propietario de ‘Funeraria Roma’ –así se denominaba- publicó en el diario ‘El Imparcial’, de donde puede rescatarse que la sede de esta empresa estaba ubicada en la primera cuadra de la calle Lavalle, frente al edificio del Instituto ‘José Manuel Estrada’.

Un vecino memorioso llegó a sostener que Roma encaró el negocio con muy poco respaldo, disponiendo de un solo vehículo para realizar el servicio fúnebre, con lo cual se le hacía casi imposible poder competir con el poderío económico que siempre exhibió Ramos y Cía.

El anecdotario suarense rescata que en una oportunidad, ‘Funeraria Roma’ había logrado ser contratado por una notoria familia de la ciudad. El cortejo fúnebre iba a ser muy importante, razón por la cual el señor Roma tomó a esta situación como la posibilidad que se le presentaba para imponer su empresa. Llegó la hora de trasladar el féretro hasta el cementerio local, el chofer enfocó el vehículo y comenzó a marchar, pero a la media cuadra comenzó a ‘explotar’ y a hamacarse de tal forma que parecía imposible sostener el féretro dentro del coche fúnebre. Muy atento a las circunstancias, el chofer detiene el motor para tranquilizar a los familiares, pero… nunca más arrancó.

¿Qué sucedió? Seguramente, llevaron el féretro a pie hasta el Cementerio y Roma comenzó a pensar que ahora él estaba muerto, al menos como empresario.