Micro Histórico - Los orígenes de Coronel Suárez

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Los registros indican que hubo al menos 9 fuertes en el distrito

Las 600 mil hectáreas que componen hoy el distrito de Coronel Suárez fueron tanto la campiña de caza para los aborígenes que conformaban sus asentamientos en las lagunas o en las sierras como el campo de batalla contra el hombre blanco que usurpaba sus tierras. En el actual territorio de Coronel Suárez, según los registros militares, hubo nueve fuertes, que en una primera época formaban parte de la línea de avanzada de la mal denominada ‘Campaña al Desierto’

El revisionismo histórico sostiene en la actualidad que más que una campaña de socialización del aborigen, verdadero dueño de las tierras de la Pampa y la Patagonia, fue una verdadera conquista y aniquilamiento del indígena, puesto esto de manifiesto por el hecho de que es muy poca la descendencia nativa en la población de la Argentina y por expresiones del pasado que dejan en claro que procuraban un futuro diferente para estas tierras, sólo recordemos frases como ‘gobernar es poblar’ o aquella que indica que nuestro país es ‘un crisol de razas’. Sin juzgar lo hecho, aunque cada uno de los lectores debiera preguntarse sobre el particular, cabe señalar que el blanco aniquiló al indígena, le usurpó sus tierras y lo obligó a vivir bajo las leyes del conquistador.

Dejemos de lado aquella discusión, a la distancia verdaderamente bizantina, porque nada se puede hacer al respecto… salvo reivindicar al indígena, que es lo que con este tipo de investigaciones se pretende. En anteriores oportunidades nos ocupamos de los caciques y lenguaraces más famosos que pisaron estas tierras, incluso hemos dado referencias históricas de grandes batallas que se han desarrollado en el distrito, como lo fue la ‘Batalla de las Horquetas’, siendo el Sauce Corto (en cercanía al hoy Puente Piñeyro) el escenario natural de aquel cruce entre el soldado y el indígena, que fue el principio del fin del poderío del gran cacique que tuvo esta tierra, hablamos de Pichi Huinca; en esta oportunidades haremos hincapié en los fortines y comandancias que hubo en lo que hoy es el distrito de Coronel Suárez.

El 16 de marzo de 1833, siendo gobernador el general Ramón Balcarce, se origina la primera campaña al desierto, contra los indígenas de las pampas. No haremos referencia exacta a lo sucedido durante la misma, sólo lo tomaré como punto de referencia para indicar que al menos desde aquellos años hubo actividad del hombre blanco en estas tierras, a partir de la instalación de fortines, ya que lo que hoy es Coronel Suárez formaba parte de la llamada ‘Línea Sur’ de la mencionada campaña militar.

Estos fortines en su recorrido iban conformando anillos que servían para lograr que el hombre blanco pudiera resguardar el territorio que quería para él, la distancia entre cada uno era muy variable dependiendo de la peligrosidad de la zona. En estas tierras la distancia entre uno y otro oscilaba los 13 y 15 kilómetros.

Cada fortín contaba con una dotación aproximada de unos siete soldados y un cañón que, según los datos históricos, tenía como función el de dar aviso cuando un malón avanzaba hacia ese lugar.

El territorio que más tarde fue Coronel Suárez era lo que podía denominarse, para los aborígenes, una zona de paso obligado entre el sistema de la Sierra de la Ventana y Carhué, ya que sino utilizaban este camino debían bordear el sistema de las sierras y pasar por la zona de Bahía Blanca, pero allí ya estaba fortificado, lo que complicaba el accionar del indígena.

Como ejemplo puede mencionarse lo que hoy se conoce como ‘El paso de los chilenos’, que era uno de los tantos pasos obligados que tenían los indígenas en sus correrías. De la misma manera todos los caminos que se ven hoy en la Provincia, tanto como en Coronel Suárez, no fueron hechos por la civilización, sino que el blanco lo que hacía era utilizar los caminos que los aborígenes habían recorrido por más de dos siglos. Un ejemplo es la Ruta 60, llamada la ruta del telégrafo o del hilo, que era utilizada cuando terminaban los malones para unir Carhué y Olavarría, tanto para atacar como para regresar.

Volviendo a los fortines en Coronel Suárez, se puede constatar que fueron 9 los fortines que se construyeron en el distrito antes de que éste fuera delimitado en el año 1882.

 

Los ocho fortines

Los fortines que se construyeron en tierras que hoy conforman Coronel Suárez son:

  • Fortín Fe. Ubicado a orillas del arroyo Sauce Corto (a la altura de la Ruta 60), en el paso de la zona más alta, sobre la loma de piedra, en el margen derecho del arroyo.
  • Fuerte San Martín. Ubicado entre los arroyos San Antonio y Sauce Corto, actual paraje El Campamento, propiedad de la sucesión de Gregorio Graff, fallecido a fines del Siglo XX. Este predio donde estuvo el primer asentamiento poblacional de la jurisdicción de Coronel Suárez, es el que actualmente mejor se conserva en cuanto a vestigios, ya que puede divisarse su fosa cavada en su estado original, con sus montículos en las cercanías, sobre los cuales se hallaban los mangrullos de vigilancia.
  • Fortín General Las Heras o Pillahuincó Chico: Creado en mayo de 1870, a orillas del curso de agua que lleva su nombre.
  • Fortín 27 de Diciembre. A orillas del arroyo del mismo nombre, limita con el distrito de Saavedra y está ubicado en la actual propiedad de Federico Tagle.
  • Fortín Maipú. En proximidades de las orillas del arroyo El Perdido, a 150 metros del camino que va a la estación D’Orbigny, actual campo de Luis Demarchi (Santa Clara y actualmente Los Cerrillos).
  • Fortín Chaco. Ubicado en el límite actual entre Coronel Suárez, Tornquist y Saavedra, en el sistema serrano. Fue construido en el año 1873, por la División Costa Sud y su denominación fue impuesto por el comandante Enrique Apika.
  • Fortín Paunero. Ubicado entre la actual estación D’Orbigny y el paraje El Triunfo, en el campo de doña Clara Rosa Gallardo, en el cuartel XIV de Coronel Suárez. Subsiste aún un terraplén de aquella época, que ha sido conservado por la propietaria, evitando la roturación de la tierra, teniendo en cuenta su valor histórico.
  • Los fortines Rivadavia y San Carlos. Además, los historiadores hablan de la existencia de otros dos fortines, pero no se ha podido constatar efectivamente sus ubicaciones. Por un lado, el Fortín Rivadavia, presuntamente ubicado a unos 2 mil metros de la Estación Ombú, en el antiguo Camino del Telégrafo o Del Hilo y perteneciente a la línea norte de la Campaña al Desierto. Se encuentra igualmente en esta posición el Fortín San Carlos, entre el del Campamento y la Ruta 76.

 

Fortín Chaco

En el año 1873, la División Costa Sud, construye un Fortín, denominado Chaco, de acuerdo a las instrucciones del comandante Enrique Spicka.

Era octogonal, con fosos de 4 varas por 3 varas, el interior estaba elevado sobre un terraplén y sostenido por una muralla de piedra, tenía 25 metros de diámetro, con un corral rodeado de fosos de 4 varas por 3 varas, con capacidad para 400 caballos, 1 rancho para oficiales y 1 cuadra para las tropas, 1 baluarte con un cañón, siendo comandante de la guarnición Aniceto Segovia.

El nombre del fortín tiene su origen en la provincia argentina, que estaba habitada por tobas, matacos, mocovíes y guaycurúes, que hablaban el lenguaje Abipón.

En cuanto a su ubicación, podemos decir que estaba sobre la falda occidental de la Sierra de Curumalán, a 20 kilómetros del Fortín 27 de Diciembre y a otros 20 de la Comandancia General San Martín. En el cuartel 12º de Coronel Suárez y 7º de Tornquist, en el límite entre ambos Partidos y el de Saavedra. En la propiedad de Eduardo Tornquist, en 1935.

En cuanto a algunos hechos sucedidos en este fortín, puede mencionarse que Doña Manuela, según manifestaba, tenía el 50% de sangre indígena, ya que era hija de una cautiva raptada por los ranqueles de Pinthen (Pincén) y de un lenguaraz. Escapa un día y es encontrada por un grupo de rastreadores del Fortín Sanquil-Co, en 1870 y es trasladada al Fuerte Esmeralda.

Se casa con el guardia nacional Medardo Juárez y se trasladan al Fortín 27 de Diciembre, ella con funciones de cocinera, lavandera, y hasta "curandera". En 1881, pasan a desempeñar funciones en el Fuerte Argentino. Un año más tarde, su esposo es contratado por don Ernesto Tornquist para desempeñarse como mensual, en el lote La Ventana (es allí donde vería la luz el Castillo que tan bien conocemos en esta zona), luego de un tiempo es ascendido a puestero, con la atención de 5.000 has., en su mayoría serranías. Y es allí donde Doña Manuela cumple con su misión: "curandera". Eran muy pocos los médicos de campaña y tenían que recurrir a Bahía Blanca. Atendía a los "puesteros" y a las parturientas, con una profesionalidad increíble.

Montada en una yegua tobiana colorada, provista de toda la medicación "yuyera" que llevaba en sendas bolsas, atadas con tientos, al recado, las cuales contenían: quinina: un alcaloide indispensable para combatir la fiebre; buche de avestruz: para los empachos, aunque generalmente practicaba la "tirada de cuero", completada con 2 cucharaditas de aceite de ricino; La mostaza: para baños calientes de pies, en estados gripales agudos; harina de lino: para aplicar "cataplasmas" bien calientes sobre el pecho, para la bronquitis; las infaltables ventosas, que se aplicaban para combatir la pulmonía; la yerba de la piedra (líquen serrano) utilizado en "buches" calientes para la angina; la marcela y el cedrón para males estomacales; la carqueja para afecciones hepáticas; la cola de caballo para las afecciones urinarias; untura blanca para fricciones de pecho y espalda en estados gripales; el "botellón" de yodo para infecciones de heridas; hojas de bálsamo para la furunculosis, provisión abundante de agua oxigenada, algodón y vendas, en fin, una farmacopea completa.

A cualquier hora, se la veía, por caminos y sendas serranas, vadeando cursos de agua, a veces caudalosos y sumamente peligrosos, abriendo y cerrando tranqueras, para llevar un hálito de esperanza y alivio, hacia el herido, enfermo o parturienta, dejando sus ocupaciones y el cuidado de los suyos. Tuvo así Doña Manuela, casi un centenar de "ahijados", hijos de puesteras, sin que jamás tuviera un caso fatal... y con una sonrisa, contaba a sus pacientes, que por tradición poseía "poderes ocultos" que se reencarnaban y se transmitían de generación en generación. Esta es la historia viva de una mujer que dejó su nombre ligado a la Tapera de Doña Manuela, en el lote 22 del Establecimiento Fortín Chaco.

 

Fortín General San Martín o Sauce Corto

Por su importancia, bien podría decirse que más que un fortín el San Martín era una comandancia, que surge cuando el 2 de marzo de 1871, el jefe de la Frontera Costa Sud, coronel Enrique Spicka, le comunicó al comandante general de la Frontera Costa Sud y Bahía Blanca, general Ignacio Rivas, que el 24 de enero de ese año, se había adelantado el campamento que estaba en Pillahuinco Grande, Fuerte Belgrano, al arroyo Sauce Corto, con el nombre de General San Martín (Partido de Coronel Suárez).

Era un campamento fortificado sobre una de las horquetas del arroyo Sauce Corto, que encerraba un área de seis cuadras cuadradas, propiedad de Gregorio Soler en 1891, de José Benítez Alvear en 1940 y Gregorio Graff, hacia el año 2000.

En febrero de 1873 el teniente coronel Spicka informaba que las obras ejecutadas en el campamento ‘General San Martín’ desde marzo de 1872 eran las siguientes: se perfeccionó el reducto principal de forma circular con un diámetro de 50 varas, el que estaba protegido por un foso de 5 varas de boca y 4 de profundidad; fue construido otro reducto en el ángulo noroeste del campamento de 16 varas de diámetro y 2 de elevación, para instalar allí una boca de fuego de a 10. Dicho reducto estaba circundado por uun foso de 3 varas de ancho y 2 de profundidad.

En el ángulo sudeste del campamento se levantó otro reducto circular elevado de 8 varas de diámetro para un cañón de a 4 libras. Éste se conectaba con el arroyo que flanqueaba el campo mediante dos fosos de 50 varas de longitud, 3 de ancho y 2 de profundidad. Era la sede de la comandancia.

En la puerta principal del campamento se excavó un foso de 40 varas de largo por 4 de ancho y tres y media de profundidad. En total había 9 potreros y corrales para caballos, de los cuales 4 eran potreros para caballos y bueyes y 5 corrales para caballada y tropilla.

Las sementeras incluían un campo sembrado con cebada, alfalfa y maíz de 208.950 varas cuadradas, y una huerta de 4900 varas cuadradas.

Fueron construidos los siguientes edificios: una casa para alojamiento del jefe y depósitos, tres piezas para secretaría, oficina del detalle y alojamiento del jefe mismo, 4 ranchos para los ayudantes y asistentes, un hospital, una botica, una escuela, un polvorín, una cocina en comandancia y hospital, un galpón y la letrina de la comandancia.

Para el personal del Regimiento ‘General Lavalle’ se hicieron dos piezas para la Mayoría y alojamiento del jefe, un depósito, 4 cuartos para los ayudantes, una cocina, un cuarto para asistentes, 6 cuartos para oficiales, dos cuadras para la tropa, 14 ranchos para tropa, la guardia y calabozo, el cuarto de banderas, 6 ranchos para familias de la tropa, una letrina de oficiales y dos de tropa.

El Batallón 8 de Infantería requirió la construcción de tres cuadras para tropa, un cuerpo de guardia, dos ranchos para comandancia, tres piezas para oficiales, un depósito, 4 cocinas y tres letrinas.

Por su parte, la Guardia Nacional se hizo cargo de dos cuartos para alojamiento  del Jefe y Mayoría, dos ranchos para oficiales, una cuadra para la tropa, 5 ranchos para tropa, 4 ranchos de caballerizas, dos para familias, dos cocinas y dos letrinas.

Spicka consignaba también que además de efectuar los trabajos citados, la tropa se ocupó de cortar madera en el Sauce Grande, y paja para la construcción de los edificios, materiales que fueron transportados en las carretas del Estado. Se cortaron unos 30 mil adobes en las instalaciones que se prepararon a tal fin. Y para no extendernos más, digamos que durante el año se establecieron en el campamento 14 comercios y un billar.

En 1876 el jefe de la Frontera Costa Sud, teniente coronel  Salvador Maldonado, informó que en el campamento ‘General San Martín’ se habían edificado tres cuadras de pared francesa con techo de paja, una de 18 varas de largo por 10 de ancho y dos de 12 varas por 8. También se reacondicionaron los fosos de un potrero sembrado con alfalfa. Decía Maldonado que los cultivos no habían podido continuarse debido al clima y a los preparativos del adelantamiento de la frontera hacia Puan.

Según el historiador Raone, en su obra ‘El Pampa Ferreyra’, el fuerte no era sino un campamento, que aprovechaba la unión de un arroyito con el Sauce Corto, en la confluencia de arroyito y el Sauce Corto. Al norte del campamento, se había construido un pequeño reducto circular dentro del cual un cañón oficiaba de atemorizador vigía, mientras que en el extremos ur de la península que formaban ambos arroyos, junto a la Comandancia de la Frontera, existía otro. En la punta norte estaban los cuarteles del Regimiento ‘General Lavalle’ (el 11 de Caballería); sobre el arroyito que corría por el oeste estaba ubicado el Batallón 8 de Infantería de Línea, mientras que en el otro extremo, a lo largo del Sauce Corto lo hacía el Batallón de Guardias Nacionales, el polvorín, la Maestranza, la Proveeduría y terminaba con la Comandancia de la Frontera. En el centro, dentro de una palizada con terraplén estaba el Hospital y en el extremos sudoeste 17 casas de negocios. Más al sur varios corrales y aprovechando dos amplios meandros del Sauce Corto había dos grandes quintas. Al oeste del arroyito estaban los campos sembrados para forrajes. Los indígenas amigos de Pichi Huinca y Peña estaban fuera de la península, río abajo, a unos 200 metros de la guardia.

 

Hechos sucedidos

El 19 de diciembre de 1873, el coronel graduado Julián Murga, jfe de las Fronteras de Bahía Blanca y Costa Sud, informó al general Ignacio Rivas, por entonces en el comando general de las Fronteras Sud, Costa Sud y Bahía Blanca, que se había producido una invasión de indígenas en su sector de responsabilidad. El parte que elevó Murga decía así: ‘… en cumplimiento de la orden de V.S. me apresuré el día 10 a ir al Fuerte ‘General San Martín’ en el Sauce Corto, donde llegué en la noche y en la mañana del 11, antes de amanecer, mientras se tocaba diana en el campamento, unas cornetas del otro lado del arroyo y la gritería de los salvajes, nos anunciaban la presencia de los indios que venían en número considerable’.

‘En ese primer momento consiguieron arrebatar las caballadas de los Indios amigos que sirven en ese campamento a la orden del Capitán Pichi Huinca, quien se sostuvo con bizarría y consiguió salvar a todas sus familias haciéndoles pasar el arroyo y ganar el fuerte, protegido por un escuadrón del Regimiento ‘General Lavalle’ que, al mando del Mayor Nadal, marchó con este objeto al paso del arroyo. El número de Indios tan desproporcionado con el de la fuerza con que yo contaba, no me permitía sino mantenerme a la defensiva y, persuadido de que no me era posible batir el enemigo, tuve que retirarme…’.

 

La guarnición

En 1873 las fuerzas de la Frontera Costa Sud estaban integradas por dos escuadrones del Regimiento 11 de Caballería ‘General Lavalle’, a órdenes del sargento mayor Juan Rivademar, tres compañías del Batallón 8 de Infantería de Línea, guardias nacionales, provinciales e indios amigos. Las tropas realmente disponibles en la comandancia eran unos 300 hombres.

En 1876 se hallaba en este punto dos regimientos de caballería de línea, el 1 y el 11, el Batallón Gendarmes del Rosario, un piquete de guardias nacionales y un escuadrón de indígenas amigos, al mando del teniente coronel Salvador Maldonado.

 

General Las Heras o Pillahuincó Chico

El 27 de mayo de 1870, desde la comandancia de la Frontera Costa Sud en el campamento de ‘Pillahuincó Grande’, el coronel Julio Campos informó al ayudante general de la inspección y comandancia general de armas, coronel Rufino Victorica, que en la línea bajo su responsabilidad, que tenía una extensión de 32 leguas, se habían levantado varios fortines, entre los que se hallaba el ‘General Las Heras’, denominado erróneamente en la memoria correspondiente ‘General La Madrid’.

En cuanto a sus formas, se pudo establecer que era circular, con foso perimetral y un corral anexo. Tenía un baluarte artillado con una pieza de a 6 libras.

En marzo de 1872 estaba a cargo del fortín el alférez en comisión del Regimiento ‘General Lavalle’, Laureano Gamboa, con 15 hombres de tropa. Fue abandonado entre abril y mayo de 1872, junto con los fortines ‘Coronel García’, ‘Coronel Suárez’ y ’24 de Mayo’, según el informe del jefe de la Frontera Costa Sud, teniente coronel Enriqe Spicka, de fecha 23 de febrero de 1873.

En cuando a las razones del nombre del fortín, obedecía al general Juan Gregorio de Las Heras, aunque también fue conocido como ‘Pillahuincó Chico’, por estar ubicado sobre dicho curso de agua.

Precisamente, estaba ubicado sobre el arroyo Pillahuincó Chico, en la tapera conocida como ‘De Iraola’, a 5 leguas del fortín ‘Coronel García’, que estaba en lo que hoy es Coronel Pringles y a 3 leguas del fuerte ‘Belgrano’, en el mismo distrito. Se hallaba en el límite de los distritos Coronel Pringues y Coronel Suárez, en el Cuartel XIII de este último. En el año 1998, era propietaria de las tierras que ocupaba el fortín Delia A. Echeverría de Vázquez.

 

Fortín Constancia o Rivadavia

Con fecha 15 de diciembre de 1876, el sargento mayor graduado Jordán Wysocki informó al Ministro de Guerra y Marina, doctor Adolfo Alsina, que se habían efectuado los trabajos ordenados en la vía de comunicación entre el fuerte ‘General Lavalle Sur’ o ‘San Quilcó’ y ‘Carhué’.

El 9 de septiembre de ese año, Wysocki partió desde ‘Lavalle Sur’, con su ayudante Celestino Stempfel, el sargento mayor Santiago Buratovich y el subteniente Adalberto Rivadavia con 20 hombres del Batallón 1º y algunos presos para mano de obra. Después de construir los fortines ‘Iniciativa’ y ‘Fe’, el 9 de octubre de 1876 se iniciaron las actividades en el fortín ‘Constancia’, que fue terminado el 14 de octubre.

En cuanto a su estructura, era de tronco cónico, con un diámetro de 15 metros en su base y de 12.2 metros en su interior. Tenía una altura de 2.40 metros desde el nivel del suelo hasta el tope del parapeto circundante, de un metro de ancho en la base y de 0.60 metros en la parte superior. Lo rodeaba una zanja de 4 metros de boca por 1.80 de profundidad. En el recinto se edificaron un rancho para la tropa y una pieza para la oficina telegráfica.

Junto al fortín se construyó un corral de 24 metros de diámetro con capacidad para 250 caballos. Además se hizo un pozo de balde para agua dulce.

En cuanto a su misión, podría afirmarse que fue uno de los fortines intermedios mediante los cuales se enlazan telegráficamente las comandancias de ‘Lavalle Sur’ y ‘Carhué’.

El fortín Constancia inicialmente estaba integrado por 5 guardias nacionales y 3 artilleros, con una boca de fuego montada en una plataforma. En 1879 la dotación se había reducido a dos hombres.

En cuanto al nombre del fortín, puede expresarse que aludía a la ardua empresa que habían encarado Wysocki y sus acompañantes, y a las cualidades necesarias para vencer sus dificultades. Por ello, los fortines construidos en esta vía de comunicación recibieron los nombres de ‘Iniciativa’, ‘Fe’, ‘Constancia’ y ‘Trabajo’. El último, coronación de todos los afanes, se llamó ‘Recompensa’; es decir, la satisfacción provocada por el cumplimiento del deber.

El fortín ‘Constancia’ también fue conocido por los soldados y baqueanos como ‘Rivadavia’, posiblemente por el subteniente de ese apellido.

El fortín estaba ubicado a 500 metros de una laguna y a 24 kilómetros del Fortín ‘Fe’, en el Cuartel IV, cerca del límite con el partido de Guaminí, a 3500 metros aproximadamente de la estación ‘Ombú’ del ferrocarril Roca, en la propiedad de Alfredo Sayus en 1879, Federico Cook en 1893, R. Cook en 1940 y María Violeta Nevinson de Cook en 1988.

 

Descripción

En 1879, el periodista Remigio Lupo, corresponsal del diario La Pampa de Buenos Aires, tuvo la oportunidad de recorrer junto al general Roca la frontera, y dejó el siguiente comentario sobre el fortín ‘Rivadavia’.

‘…Ni siquiera tiene una choza miserable que dé albergue y proteja contra el viento, la lluvia, el frío o los crueles calores del verano, a los dos infelices que le guardan, perdidos allí, en medio del desierto, como centinelas avanzados de una civilización que olvida sus sacrificios, hasta el punto de no pagarles corrientemente sus sueldos y no levantarles ni una ramada donde puedan guarecerse. Más todavía: que ni siquiera premia sus afanes proveyéndoles de los alimentos indispensables para no morirse de hambre.

¿Por qué tienen ustedes aquí esta cantidad de perros?, les pregunté al ver una jauría de perros flacos que por allí andaban.

  • Ellos nos conservan la vida, señor. Hay veces que nos faltan las raciones, y entonces comemos los animales que estos perros nos ayudan a cazar.

Desgraciadamente esta escena de dolor la he visto repetida en muchos de los demás fortines por donde he pasado, y duele contemplar el abandono en que se deja a esos valientes soldados, que todo lo sufren con santa resignación, y cuyo carácter es tal, que convierten sus penas en objeto de sus propias alegrías’.

 

Fortín Maipú

El 23 de febrero de 1873, el comandante de la Frontera Costa Sud, teniente coronel Enrique Spicka, elevó al general Rivas el informe anual sobre los trabajos ejecutados en su sector. Uno de los fortines construidos fue el ‘Maipú’, cuyas obras estuvieron a cargo del capitán Juan Gil Suárez.

Este fortín era circular, con diámetro superior de 19 pies; tenía un terraplén de 7 pies de altura, un parapeto de césped de 3 pies de altura, un foso perimetral de 8 pies y 6 pulgadas de ancho y 9 pies de profundidad y un baluarte para el cañón en el costado.

Un contrafoso circunvalaba el fortín a 21 pies del foso principal. El espacio intermedio entre ambas zanjas se hallaba dividido en 3 corrales para los caballos. En el interior se levantaron dos ranchos, para el alojamiento de oficiales y de la tropa. Había además un corral para ovejas y dos jagüeles.

Este fortín se construyó con la finalidad de vigilar y observar el espacio circundante, mantener las comunicaciones y dar o transmitir la señal de alarma en caso de producirse alguna novedad de importancia.

En cuanto a la guarnición, tenía un oficial y 10 guardianes nacionales al ser establecido. En marzo de q877, cuando el fortín formaba parte de la segunda línea de la Frontera Costa Sud, su dotación era de 4 hombres de tropa con 12 caballos.

En cuanto al nombre del fortín, recordaba a la batalla de Maipú, librada en Chile el 5 de abril de 1818, en la cual el ejército unido, a órdenes del general San Martín, derrotó a las fuerzas realistas conducidas por el general Mariano Osorio.

El Fortín Maipú estaba ubicado a 18 Km. Del fuerte y comandancia ‘General San Martín’ y a 16 Km. Del Fortín ‘General Paunero’. Se hallaba sobre una cerrillada a 800 metros de una laguna de agua dulce; en el Cuartel XIV de Coronel Suárez, a 5200 metros al suroeste de la estación de ferrocarril Mitre ‘D’Orbigny’, en la propiedad de Alejandro y Federico Leloir en 1880, de Leonardo Demarchi y Leloir en 1940 y de Santa Clara SA en 1988.

 

Fortín ‘General Paunero’

El Fortín General Paunero tiene igual fecha de construcción y misión que el ‘Maipú’, siendo levantado también por el capitán Juan Gil Suárez.

En cuanto a sus formas, era de planta circular. Las fortificaciones interiores tenían un diámetro de 42 pies. El foso de circunvalación era de 10 pies y 6 pulgadas de ancho por 3 pies de profundidad. Los parapetos interior y exterior se elevaban a 3 pies con un ancho de igual medida. Contaba con un baluarte para el cañón de 14 pies de diámetro por 3 de alto, un rancho de 10 pies por 7 para el oficial, dos ranchos de 14 pies por 8 para la tropa y una cocina de 15 pies por 9. todos los edificios eran de pared de césped con techo de madera y paja.

Había tres corrales con parapeto y foso para la caballada, un corral para ovejas y un jagüel.

El investigador Juan Mario Raone dice el Fortín Paunero ‘… tenía además del reducto circular donde había una pieza igual (nota: a la que estaba en el reducto circular del fortín ‘Lamadrid’), otro reducto en su parte sur con otra pieza. Dos corrales rectangulares se apoyaban en el Oeste de los dos reductos y entre ambos corrales había un corredor por el cual se llegaba a los rancho’.

En cuanto a la guarnición, en 1873 tenía un oficial y 15 soldados de la Guardia Nacional. En marzo de 1877 la dotación era de 4 soldados con 14 caballos. En cuanto al nombre, fue un homenaje al general Wenceslao Paunero, quien murió en 1871 y tuvo durante su vida militar una destacada actuación contra el indígena al frente de la División Bahía Blanca.

En cuanto a la ubicación, estaba emplazado a 16 Km. Del fortín Maipú y a 8 Km. del ‘General Lamadrid’, a 600 metros del arroyo de Las Tunas. En el Cuartel XIV de Coronel Suárez, cerca del límite con General La Madrid, a 9 Km. al noreste de la estación ‘D’Orbigny’ del ferrocarril Mitre. En la propiedad de Alejandro y Federico Leloir en 1880, de María Demarchi y Leloir en 1940 y de Clara Gallardo en 1988.

 

Penosa vida la de los fortines

Según relatos la vida era penosa y rústica en la soledad y geografía inclementes. “… no hay nada como un fortín para que un hombre padezca…”, decía Martín Fierro, y nada más cierto: aquí, siempre según memorias del Ejército se tocaba diana dos o tres horas antes de aclarar, sin desayunar se comenzaba con la suelta del ganado a pastoreo, que previamente había sido rasqueteado y sometido a inspección de cascos.

Se tocaba luego a trabajo y carneada. Los trabajos que se relatan  consistían en tareas de pisadero para hacer adobe, trabajos de zanjeo en todos los reductos y en las chacras, construcción de cercos y muros en las edificaciones (fortificaciones), corte de juncos en las lagunas y arroyos para ser utilizados en los techos a modo de quinchado (sobre los que se colocaba barro), roturación de las tierras para la siembra de granos destinados a la tropa y el forraje de los animales. A las siete y media de la mañana recién se permitía un descanso de 30 minutos para el desayuno, el que consistía en ‘té pampa’, sin azúcar.

La carneada, por su parte, generalmente era una tarea breve, y se reducía al sacrificio de algunas yeguas flacas y viejas, que se cocinaban sin sal, al calor del fuego hecho con estiércol seco.

A las 12:30, se llamaba nuevamente a trabajo, hasta la lista de la tarde. Por supuesto que todas estas tareas podían verse interrumpidas en cualquier momento por una única causa, común y suprema a cualquier otra: las constantes amenazas de invasión, peleas y combates contra otros sufridos seres humanos, el otro ejército tan temido: los aborígenes alzados en armas.

Acerca de tales penurias es elocuente lo que escribió Estanislao S. Zeballos, en su libro ‘Descripción amena de la República Argentina’, en donde dice: ‘…el 24 de abril de 1876, era ocupado, pues, el valle en el que se levanta hoy el pueblo que lleva su nombre: Carhué. El primer año de permanencia en Carhué fue de la más espantosa zozobra (para las tropas del General Levalle). Se experimentaban sufrimientos y fatigas superiores a la misma fuerza humana. ¡Tal fue la suerte de Carhué, en un año de agonía más que de vida!. Con el enemigo siempre al frente, sin ropas, sin abrigo, sin leña, sin carne y muchas veces sin tabaco, sin yerba, sin azúcar, sin caballos para pelear, sin esperanza de recibir pronto algo de lo que le faltaba, sin las consoladoras cartas de la familia, sin noticias de Buenos Aires, donde hervía el volcán de la lucha civil y donde el Gobierno no hallaba quien anticipara fondos ni para el exiguo flete de algunos carros que iban a llevar provisiones y equipo al Ejército de Carhué.

Por último, cuando los heroicos veteranos caen acosados por la privaciones y la fatiga, su jefe los exhorta de nuevo a blandir la lanza o a levantar baluartes, con el lenguaje de la verdad austera y desnuda, Levalle les decía en la célebre orden general de Guaminí: “¡Camaradas de la División del Sus: no tenemos yerba, no tenemos tabaco, no tenemos pan, ni ropa, ni recursos, en fin, estamos en la última miseria, pero tenemos deberes que cumplir…!”.

 

Los fortines no generaron cascos urbanos

Como fuera mencionado en algún momento de este relato, rara vez los fuertes y fortines fueron generadores por sí solos de posteriores asentamientos urbanos, no ocurriendo esto tampoco en nuestro caso. Es por ello que el antiguo emplazamiento de Fortín San Martín, si bien representa sino el primer antecedente poblacional del distrito de Coronel Suárez actual, no coincide con lo que hoy conocemos como el casco urbano de la ciudad cabecera, ni con ninguna de sus poblaciones del interior. El Fuerte San Martín está emplazado en una propiedad de la sucesión de Gregorio Graff, declarado sitio histórico municipal, por ordenanza 2621, sancionada el 12 de noviembre de 1992.

 

Tropa de línea

Relato de una indígena redimida tomada prisionera en inmediaciones del Fortín San Martín

“El teatro de los acontecimientos se inicia en el atardecer del 6 de noviembre de 1878, en donde toda la fuerza que acampaba en Tarú Lauquén ensilló a la sordina con las mayores precauciones y sigilo, poniéndose en marcha en dirección a Lihuel Calel con caballo de tiro, sables trabados y con la orden de no permitir fumar.
Lihuel Calel es un cerro aislado a 800 metros sobre el nivel del mar, surge en medio del monte áspero y achaparrado entreverado con algarrobos y chañares. Tiene dos ricas vertientes de agua potable; una corre al norte pocas cuadras y la otra al sud, menos abundante.
Silencio profundo reinaba en toda la columna y sólo se sentía el temblor de las pisadas de los caballos que el suelo nos hacía oír y así continuamos toda la noche, dando limitado descanso a los soldados y hacienda. Los milicos secretamente se pasaban la voz de: “Muchachos, parece que vamos a tocar diana en las tolderías y después del baile comeremos carne con cuero”…
Antes de aclarar el día nos encontrábamos a tres leguas del cerro y con la orden de ensillar reservas, iniciamos marcha forzada tomando las disposiciones para ejecutar un movimiento envolvente por escuadrones y regimientos, a fin de que no se escapara ningún indio y cuyo punto de reunión señalóse en el cerro Lihuel Calel.
El astuto enemigo no se había descuidado, nos habían sentido descubriéndonos al amanecer llevando la alarma a otras tribus.  Namuncurá, su mujer principal y demás miembros, tuvieron tiempo de tomar algunos caballos y emprender la fuga en dirección al sudoeste organizados por grupos y al escape.
Se ejecutó el avance y ataque general con precisión táctica, donde se capturaron más de 600 indios de lanza y chusma y un buen número de hacienda. Se rescataron varias familias cautivas, las cuáles habían soportado toda clase de sufrimientos.
Entristecía el alma, oír los relatos que hacían de la vida entre la indiada durante mucho tiempo.
La marcha continuó al trote y al galope, siguiendo la rastrillada de los que habían huído. Luego de cuatro leguas en dirección al arroyo Cura Có, alcanzamos a 50 indios que cubrían la retaguardia de las tribus que se retiraban rápidamente. Con tenaz persecución llegamos más allá del arroyo y tomamos 46 indios de lanza y familias, junto a un poco de hacienda que arreaban. Acampados nos llamó nuestro jefe y nos dijo: “Desde acá al río Colorado hay 18 leguas por mal camino y travesía, y tal vez allí alcancemos al resto ¿Cómo estamos de movilidad?

Contestamos que llegar podríamos, volver no, sin descanso a la caballada y enferma se haría difícil.
Recibí la orden de entregar al teniente O´ Donnell, las familias, e indios prisioneros y cumplida la misión le dije al teniente: “En este grupo debe haber varias novias, a la vista son muy conocidas, tienen la cara pintada de colorado, verde y amarillo. Me permite sacar dos, para hacerles algunas averiguaciones con mi intérprete”.
Mi lenguaraz el alférez Ferreira, el cuál había estado veinte años cautivo entre los indios, eligió dos de las pintadas entre las jóvenes y que tendrían de 15 a 20 años de edad.
Principió el interrogatorio y una de ellas nos contestó, que su prometido era un guerrero, sobrino de Namuncurá, que ella era parienta del rey de las Pampas e hija del cacique Rumia, chileno y agregado a la tribu.
Nos dijo tener quince lunas de edad; sus líneas fisonómicas eran bien formadas, boca y nariz regular, manos y pies diminutos y fuertes con un color tostado por el sol.
Llevaba un lindo corpiño, especie de corsé con perlas de plata y canutillos de vidrio. Adornaban las muñecas de sus manos y pies cerca de los tobillos, tejidos con canutillos de plata y en las orejas un par de fantásticos aros de oro.
Vestía pollera de lana trabajada por las mismas indias, no usaba enaguas ni camisa. Cubríase con un tapado y mantón igualmente de lana color azul como la pollera, sostenido con un gran prendedor esférico de plata y oro. Conservaba bien asentada su abundante cabellera, ceñido con un hilo a guisa de cinta.
Le significamos a la “doncella del bosque” que sería bien atendida, no carecería de nada, tendría buenos vestidos y abundante alimentación. Si deseaba casarse, novios no le faltarían, pues se había dado orden a los jefes de frontera, que los soldados valientes y buenos servidores que solicitaran contraer matrimonio con las indias redimidas, se les permitiera realizar sus deseos.
De mal talante nos replicó que no se casaría con cristianos, porque eran malos y las obligarían a llevar feos e incómodos vestidos. Que a las indias les gustaba el traje que tenían, el cuál encontraban más elegante y conveniente.
Ya de noche, dimos por terminada la entrevista pero no conseguimos convencerla de la transición que experimentaría, una vez incorporada a la vida civilizada en lugar de nómada llena de privaciones y miserias.
En tono altivo y enérgico replicó que los ladrones eran los cristianos, arrebatando a las familias y haciendas de Namuncurá, aprisionando a los guerreros fieles en sus campos y en sus propias tolderías.
Después de dos días de descanso, la fuerza regresó a Carhué con el botín de chusma que ascendía a más de 600, entre grandes y chicos. Lentamente de etapa en etapa llegamos a la frontera, donde se dió la orden de que cada división ocupara su posición.
Poco a poco en varias remesas, se mandaron a la Capital varios cientos de indios redimidos, los cuales fueron colocados en casas de familia para trabajos domésticos y muchas de ellas se encargaron de su educación.
En uno de los paseos que acostumbro hacer con frecuencia por la ciudad de Buenos Aires, un buen día paseando por la avenida de Mayo, se acercó una elegante señorita vestida a la parisién diciéndome: ¿No me conoce mayor Daza? Tengo la poca felicidad de no saber quién me habla, le contesté. ¿No se acuerda de Manuelita Rozas Namuncurá, aquélla que tomó usted juntamente con mi madre y dos hermanos cerca del fuerte San Martín?
Cielo bienhechor, que gran satisfacción tengo de dar a usted un efusivo apretón de manos, le dije. Por cierto comenzamos a conversar, trayendo a la memoria gratos recuerdos.
La que me hablaba era la hija de Namuncurá, y me refirió que uno de los hermanos había muerto después de educarse en el Colegio Militar, con el grado de teniente.
El otro hermano estaba estudiando en Roma para sacerdote, y que pronto recibiría las sagradas órdenes. Me comentó que le parecía un sueño verse en una situación tan próspera y desahogada; que estaba muy agradecida al trato y atenciones que le había dispensado mi ayudante, alférez Manuel Prado, hoy comandante, en aquellos momentos de tribulaciones y pánico que tenía a la fuerza de Línea, cuando ella andaba errante en las escabrosidades de los cerros.